El aire frÃo de diciembre envolvÃa las calles de Salamanca, pero el calor humano lo contrarrestaba. Miles de corredores, ataviados con disfraces y sonrisas, llenaban la ciudad con una energÃa festiva. La San Silvestre Salmantina era mucho más que una carrera: era una tradición, una celebración. Las campanas de la catedral resonaban en cada paso, mientras familias y amigos alentaban desde las aceras. Cruzar la meta no era solo un triunfo personal, sino el cierre perfecto del año. En cada zancada, los corredores dejaban atrás lo viejo, avanzando hacia un nuevo comienzo, llenos de esperanza y alegrÃa.