A lo largo de un estrecho pasillo o entre cuatro paredes que encierran silencios, ajenos al contagioso miedo, se preparan en vano para salir a las calles que la pandemia ha vaciado, calles que aguardan casi un año con la inquietud de verlos correr de nuevo. La soledad como compañera, la tristeza instalada tras las ventanas, el llanto ahogado por la ausencia prolongada o definitiva de los seres queridos.
Calles sin público que animan con aplausos marchitos el paso de estos corredores imaginarios cuyo esfuerzo provoca la emoción. Gargantas selladas que anhelan gritar al ritmo de los jadeos y el sudor vertidos en el asfalto. Ya falta menos, se dicen entre suspiros durante este invierno de sombras que el destino tenÃa reservado. Y corren. De otra manera, sÃ, pero corren, nunca dejarán de hacerlo mientras porten en sus pechos el dorsal de la San Silvestre como siempre ha sido.