27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cada pisada produce chispazos de fuego. Es una especie de gacela urbana. En las pupilas de los espectadores se dilata la imagen de aquella competidora. Lleva tenis de arcoíris fosforescente, un lazo gigantesco en la cabeza (a lo Ruiz de la Prada), maquillaje regio y, por encima de la camiseta, un sostén rosa que cubre medio dorsal. Mientras, cuatro hombres misteriosos la siguen, abriéndose paso a empujones entre la multitud. La atleta “fashion” cruza la meta. Sube al podio. Lame la medalla, la muerde, la besa; se contonea cual pandereta al ritmo de un “sarandonga” que solamente ella escucha. Entonces uno de los perseguidores balbucea “ya… Dejémosla ir”.
Aquella mujer que durante meses corrió semidesnuda entre los jardines del sanatorio, a medianoche, gritando frenética “¡San Silvestre Salmantina, voy por ti!”, no es ninguna desequilibrada… Aunque jura que desde el cielo de Salamanca un barbudo le aplaude.