Aquél año, después de los confinamientos, se inscribió más gente que nunca para correr la San Silvestre. Incluso, salmantinos que siempre habÃan sido solo espectadores.
El primer corredor que atravesó la meta, casi sin celebrarlo, se limitó a esperar al segundo para felicitarle. Luego ambos hicieron lo mismo con el tercero, y los tres con el cuarto. Y asÃ, hasta el último, fueron esperando uno a uno, a cada participante para recibirlo. Entonces, una señora de entre el público, también desbordante aquel dÃa, se aproximó discretamente a dar la enhorabuena a un participante, que ni tan siquiera habÃa sido de los primeros. Tras ella, el resto de espectadores se fue animando. También los organizadores, los jurados, la prensa y señores que pasaban por allà se sumaron. Y todo el mundo buscó lo mismo. Pues volver a abrazar fue el verdadero anhelo de aquella edición en la que todos, todos ganaron.