27 DE DICIEMBRE DE 2026

Era otoño cuando la vi por primera vez. Aún no hacía frío y era agradable correr tras ella por el parque de los Jesuitas.
La cola de caballo del color de la caoba oscilaba como un péndulo, hipnotizándome, haciéndome perseguirla entre los abetos.
A veces una lluvia fina, tibia, nos acompañaba hasta el verraco, cruzábamos el Tormes y tras recorrer su ribera, regresábamos a la ciudad aún somnolienta.
Hoy, sin embargo, hace un frío que pela, y aunque es medio día, el cielo azul parece congelado.
Ensimismado en su belleza tardo en descubrir que ya se ha dado la salida. Persigo su cabello por las calles y plazas de la ciudad. Como un faro la cola caoba me orienta y me hace progresar entre la multitud menguante. Hasta que mis pulmones estallan y dicen basta.
A lo lejos, impotente, veo como el cabello de fuego se aleja por la avenida.