Era ella, lo supe en cuanto la vi. CorrÃa junto a una multitud más rápida que el viento.
No lo pensé y me lancé detrás, pero pronto la perdà entre el gentÃo. Desesperado, seguà avanzando lo más rápido que pude, pero fue inútil. ParecÃa haberse desvanecido en el aire, como un sueño.
Decidà que no podÃa rendirme; la encontrarÃa en la meta si me esforzaba lo suficiente. Asà que corrÃ, corrà y corrà entre aquella multitud de dorsales mientras mi mente se llenaba de recuerdos.
Pero llegué a la meta y no estaba. Y recordé algo más. Una cama de hospital, una despedida amarga. Fue como un puñetazo.
Entonces me dijeron que habÃa sido la primera persona mayor de noventa años en ganar la San Silvestre Salmantina. Que la vejez no me habÃa quitado nada.
Respondà que no era cierto.
Porque se la llevó a ella.
A mi esposa.