El frÃo dominaba la mañana; a mà me hacÃa temblar, además, una mezcla de esperanza y temor. Apenas pude dormir. La culpa la tuvo un ángel que conocà horas antes. Enseguida congeniamos, aunque mi timidez me impidió pedirle el teléfono. Ella dijo, convencida, que volverÃamos a vernos en la San Silvestre salmantina, pero distinguir a alguien entre miles era casi imposible. Mi ánimo estaba más gris tras cada metro recorrido sin localizarla.
Ese dÃa aprendà que algunas personas son fundamentales para que todo funcione. También, que el tiempo corre deprisa.
Hoy, diez años después, tengo un hijo que ha participado por primera vez en su categorÃa. Yo nunca dejaré de hacerlo, ni mi mujer de repartir generosidad y entusiasmo, desde aquel 31 de diciembre en que, como voluntaria de la organización, me ofreció agua y una enorme sonrisa en la plaza de San Isidro al reencontrarnos.