Todos me dirigÃan una mirada llena de incomprensión, pero yo seguÃa corriendo. Es verdad que no me era fácil correr. Era el dÃa de San Silvestre el único en el año en el que podÃa ser libre, porque podÃa abandonar mi puesto sin que nadie notara mi ausencia.
Al final logré mi objetivo, llegué a la meta y después inicié otra carrera, esta vez hacia la fachada de la catedral, en frente del palacio de Anaya. No habÃa nadie. Me ajusté la escafandra, porque al correr se me habÃa movido, me enfundé los guantes y me refugié en el baquetón, todavÃa mi respiración se mostraba fatigada.
Era toda una experiencia asà pasaba todo el año recordando este instante, esperando a que otro año llegara de nuevo la carrera de San Silvestre. Pero en el 2020 ese año no llegó.