Este año, nuestra San Silvestre se celebra el 28 de diciembre, y, como no podía ser de otra manera, el pistoletazo de salida corre a cargo de un catedrático emérito de la Universidad disfrazado de Unamuno, con su barba postiza, sus gafillas redondas y un cronómetro oxidado. Con voz aflautada grita: “¡Corred, en pos de la inmortalidad, pobres diablos! ¡Cuidado en El Rollo! ¡Venceréis, pero no convenceréis a vuestras cansadas piernas de que el sufrimiento es una cuestión de fe!”
En la Plaza de San Antonio siento la verdadera agonía, no la de la fe, sino la del cuádriceps, y cada zancada es una batalla contra el abismo. El sentimiento trágico de la vida me alcanza tras cruzar la meta y con lucidez decido dejar a un lado al hombre abstracto de la razón y tomarme unos churros calentitos para quitarme de encima el frío existencial de Salamanca en diciembre.