No resultaba fácil avanzar por el asfalto, estaba acostumbrado a la suave acogida de la hierba, a un paisaje más blando y solitario. Cuando atravesó el arco de la plaza mayor, las piernas empezaron a temblarle. Estaba lloviendo y el agua habÃa calado sus zapatillas de felpa. Se habÃa desviado de la ruta, estaba muy cansado y confundido, sólo tenÃa ganas de llorar. Sonaron las campanas de la espadaña y se sintió dispuesto a abandonar esa extraña carrera hacia la nada. Justo en ese momento una niña con dorsal amarillo y sonrisa arco iris le cogió de la mano:
-Abuelo, ven conmigo, hoy cruzaremos juntos la lÃnea de meta.
Avanzaba despacio, pero firme y feliz de estar en compañÃa. Cuando fue a revisar el tiempo que llevaba de carrera reparó en la pulsera que llevaba enganchada en la muñeca: MartÃn González Sancho, 73 años, sin alergias, Alzheimer…