Su paso lento y firme hizo que cruzara la meta de la carrera cual buque rompehielos. Aquel dÃa de calor ensordecedor, se habÃa jurado pintar el suelo de todo el trayecto con inmensas gotas de sudor. Tanto aire conquistado por una respiración cortante, reseca, infinita, ahora daba paso a la calma. Mientras desanduvo los últimos metros de la recta final sus sentidos se comprimieron en una argamasa de percepciones fugaces y densas; solamente atinaba a dejarse guiar por la inercia de sus piernas. Ni gritos, ni gestos, ni confeti volando en el cielo, nada lo distrajo de la profunda batalla sicológica que habÃa comenzado a librar desde el kilómetro cero. De repente silencio… ¡lo logró! Ahora otras gotas emanadas de sus ojos inundaban el universo circundante, o acaso su universo interior. Aquel se convertirÃa en uno de sus dÃas más felices. Nunca recordó en qué puesto habÃa acabado, nunca importó.