27 DE DICIEMBRE DE 2026

Al principio pensé que los aplausos y los cánticos eran sólo eso, ruido alegre para espantar el frío de diciembre. Pero pronto comprendí que había algo más en esas voces. Corríamos y, por momentos, sentía que mi cuerpo quería adelantarse, dejarme rezagada en ese hueco de la calle, marcharse solo hacia la meta. Entonces los gritos crecían, y yo volvía a mí, ensamblada de nuevo, un golpe seco de vuelta a la forma. Sé que nadie lo dirá en voz alta, pero en esta San Silvestre animan para que no nos perdamos, para sujetarnos, evitando que alguna alma distraída se despegue demasiado y se quede, sin mapa y sin carne, varada en una esquina cualquiera, esperando a alguien que ya no recuerda haber perdido.