Sólo deseaba que mi cuerpo se portara cual campeón y acabara la San Silvestre con elegancia. Era mi único deseo. El único hasta que ella apareció ante mis ojos. Un pelo rizado y revuelto cuyo ritmo hipnotizaba y una mirada que paraba el reloj, la carrera, el mundo. En ese preciso instante mis deseos cambiaron; debÃa impresionar a aquella mujer cuyo porte corriendo recordaba a una reina. Al acercarme a ella para que no sólo nuestras miradas hablaran… tropecé con el tacón de otro. Una inmensa vergüenza se apoderó de mà al desplomarme contra el suelo pero, cuando iba a levantarme y huir de aquella mirada que me habÃa cautivado por completo, ella me tendió la mano y pronunció unas palabras que jamás olvidarÃa: «¿Te has hecho daño? Vamos, levanta. Te invito a comer si consigues ganarme». Ahora soy yo quien cocina cada dÃa para ella y nuestras hijas.