Mi madre practicaba atletismo desde que yo era pequeño y a menudo me sorprendo a mà mismo recordando con nitidez, en los momentos en los que me entrego a la dolorosa actividad de la memoria, el aroma del café por la mañana, la textura de la licra de su malla, el trayecto en coche hasta el recinto y los gritos eufóricos del público. Si ganaba o perdÃa era lo de menos; yo era feliz viendo a mi madre correr alrededor de la pista de caucho. Al pasar por la grada donde me encontraba, me lanzaba un beso al aire; yo lo atrapaba y se lo devolvÃa. Ella sonreÃa. Pero ahora ella ya no está, y sin embargo recuerdo su rostro cada vez que me topo con una pista de atletismo. En esos momentos siento su abrazo tierno, su caricia al despertarme, y su olor a café y amor. Mucho amor.