HabÃa que intentarlo. Finalizado el tratamiento, me sentÃa sana, fuerte; la enfermedad era ya un recuerdo bien guardado. Estaba preparada y llena de energÃa.
El paseo, desde la plaza, apenas era visible por la neblina que el sol no habÃa logrado aún despejar. SentÃa un frÃo intenso y el calentamiento previo apenas empezaba a preparar tÃmidamente mis piernas. Mi padre me habÃa recogido el dorsal en el último momento y no iba a defraudarle. Para un corredor experimentado como él, esta carrera popular era un divertimento. Los trofeos de años anteriores se acumulaban en su colección más preciada.
Sin embargo, esta gélida Nochevieja él tenÃa otra meta que alcanzar: su aplauso y su aliento iban a ser decisivos en los momentos en que yo flaqueara. Necesitaba su apoyo incondicional, este reto sólo podrÃa superarlo con su confianza en mà y mi afán por mejorar.
Las luces navideñas encendÃan la ciudad.