Me habÃa quedado sin trabajo, mi novia me habÃa abandonado y vivÃa de nuevo en casa de mis padres. Me miraba en el espejo y no me reconocÃa. Mis amigos me animaron a que me apuntase a la San Silvestre Salmantina. El ejercicio y yo nunca nos habÃamos llevado muy bien, aunque acepté a regañadientes. Y ahà estaba yo, el dÃa de Nochevieja, con un chándal roÃdo y viejo y unas zapatillas que me hacÃan rozadura. A medida que avanzaba me invadió una inexplicable sensación de alegrÃa. La catedral, la Plaza Mayor, una señora de edad indefinida corriendo más deprisa que yo y comiendo churros a la vez. Llegué el penúltimo, al borde del colapso, pero disfruté como nunca y me convencà de que la vida también está hecha de buenos momentos como mi San Silvestre particular.