Los altibajos de su cerebro son imprevisibles, pero allà estábamos, con pantalón corto, en el cajón de salida de la San Silvestre Salmantina.
Rodeada de números, mi madre sonreÃa. Antes de que yo ajustase el dorsal a su camiseta con imperdibles, ella habÃa sumado la cifra, también las de otros corredores, un cálculo más divertido que los ejercicios recomendados por la doctora para retrasar su demencia progresiva.
Pasada la alfombrilla de salida, vino a su memoria que en el paseo de San Antonio se le declaró mi padre, que en el del Rollo dije mi primera palabra. El ejercicio suave sobre calles empedradas y asfalto mejoraba su estimulación cognitiva.
Nunca pensé que las dos entrarÃamos juntas en una lÃnea de meta, llena de gente que aplaudÃa a una anciana entrañable y a su hija.
Esa noche se acostó emocionada, no menos que yo, después de escribir este microrrelato.