Este año lo conseguirÃan. Llevaban entrenando desde verano, domingo tras domingo, al abrigo de la madrugada, tránsfugos de cámaras y curiosos. HabÃan ganado en salud. No habÃa más que verlos. Estaban menos rÃgidos y transpiraban muchÃsimo mejor (que el ejercicio no hace milagros, claro). Estaban más lozanos y lustrosos. Bueno, no todos. Liebre no se habÃa librado del manoseo ni de su lamentable estado, no en vano no habÃa sido invitada al entrenamiento. Su martirio era fruto de su fama. Aunque para ser honestos, todos lucÃan con cierto orgullo sus heridas de guerra: el toro mutilado, el lince sin cigarro, y el cangrejo sin su pinza izquierda. Y los que no las tenÃan, como cigüeña, mostraban tÃmidos las huellas del paso del tiempo y los residuos de pájaros. Esta iba a ser la carrera de los marginados, de los olvidados, de los que no aparecen en las guÃas turÃsticas internacionales.