Salamanca en diciembre no es una ciudad; es un fuelle que inhala gélido y exhala entusiasmo.
En el kilómetro tres, las piernas dejan de pertenecerte. La zancada se convierte en un acto de fe ejecutado por instinto. A la izquierda, la fachada de la Catedral parece empujar el aire; a la derecha, un niño con guantes rojos aplaude con la vehemencia de quien cree que los corredores tenemos superpoderes.
Quizá los tengamos. Porque cuando el ácido láctico grita alto y el aliento dibuja nubes blancas en la penumbra de la tarde, descubres que no huyes del frío ni persigues un cronómetro. Esos últimos cincuenta metros no se corren con el cuerpo, sino con todo lo que te ha dolido a lo largo del año y que por fin dejas atrás en el asfalto.