El chico de la Cruz Roja no deja de mirarme. ¿Le gustaré? No, seguro que es cosa del plasta de papá, que le ha pedido que me vigile. Bueno, ya queda poco. En cuanto den la salida volveré a ser libre. Libre para correr, sola, entre miles de desconocidos. Sin mimos permanentes, sin cuidados exagerados. ¿Y si logro ganar? No, no puedo. Se lo prometÃ. Ese fue el acuerdo al que llegamos hace un año en la habitación del hospital Universitario. Yo aceptaba su regalo y él me dejaba correr la Salmantina. Pero suave, sin forzar; esa fue la cláusula. Ahà está, entre el público, preguntándome si estoy OK con la mano. Que sÃ, pesado. A ver, papá, te quiero mucho y sé que me has salvado la vida dándome uno de tus riñones, pero tengo quince años y ahora tienes que dejarme vivir. Tienes que dejarme correr.