Coincidimos en la retirada de dorsales. Le propuse acudir juntos a la carrera. Antes, me pasarÃa por su casa y le llevarÃa las fotos que mi mujer guardaba de años anteriores. «Ya sabes; es una fanática de la fotografÃa», comenté. No querÃa levantar sospechas. Accedió sin reparos, mientras guardaba el número en una pulcra carpeta.
Siempre corrÃa con el mismo; era supersticioso. DecÃa que le traÃa suerte, y asà era, siempre entraba en cabeza. Curiosamente, las mejores fotos de mi esposa eran de aquel arrogante y atlético vecino que levantaba los brazos y miraba siempre a cámara con su archiconocido número capicúa.
Llegada la hora, el puñal entró certero en el corazón, pero aún asà forcejeó conmigo. Recompuse mi atuendo y recoloqué el adhesivo; la carrera comenzarÃa en unos minutos.
Llegué eufórico a la meta, hasta que, por megafonÃa, un sorprendido presentador proclamó mi inesperado número de corredor