27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mi vista se nubla, mis piernas fallan; recorrer estos doscientos metros se han vuelto una tarea más ardua que los nueve kilómetros que ya tengo en la espalda. Sin duda, cuando pasamos por el Helmántico, no debí acelerar, movido por los vítores de la gente, pero ¿cómo no hacerlo?, ¿cómo no regalarles esa energía extra?, ¿cómo no recompensar su entusiasmo con esfuerzo?
Puede que ahora me esté arrepintiendo, pero la sonrisa de aquella niña pequeña merecía lo mejor de mí. Estoy exhausto. No creo que llegue.
De pronto, un brazo se cuela bajo mi axila. Mi vista perdida busca el rostro unido a ese brazo: un hombre mayor, que bien podría tener sesenta, me devuelve la mirada.
—Hay que acabar. Ya estamos ahí. Lo haremos juntos.
¿Cómo no hacerlo?, ¿cómo no regalarle mis últimas fuerzas?, ¿cómo no recompensar su apoyo, su compañerismo, su empatía con el último esfuerzo?