Sonaba ‘Carros de Fuego’ desde un lugar desconocido y eso me indujo a avivar la marcha. Fatigada, sudorosa, casi sin aliento, me hallé ante la tienda. Toqué el timbre, pero el dependiente, desde el mostrador, me indicó implacable con gestos que estaba cerrado. Por momentos pensé qué necesidad tenÃa, en mi estado. Entonces sentà una mano en el hombro. “Precisas una equipación para la San Silvestre, si no me equivocoâ€. Un viejito de aspecto bondadoso me ofrecÃa su ayuda. Crédula, asentà y juntos caminamos hasta un pequeño almacén. Entramos y allà habÃa docenas de cajas. “Elige unaâ€, me dijo. “¿Pero cuál?, son iguales y no sé si contienen lo mismoâ€, aduje con voz temblorosa. “ConfÃa en tu intuiciónâ€. Tras unos segundos, opté por la más cercana. “Bienâ€, oà a mis espaldas. Me giré enseguida y el viejito no estaba, pero yo tenÃa la ropa para correr mi primera Salmantina embarazada.