Lo veo delante, en medio de la marea de participantes, balanceándose a cada zancada. Temo estar teniendo visiones: hay un dinosaurio entre los corredores. Un t-rex, para ser exactos.
Lo rebaso con esfuerzo. El sauro me mira de reojo y aprieta el paso, sosteniéndose la cabeza que amenaza con caer por su propio peso. Ninguno está dispuesto a dejarse vencer.
El orgullo me muerde los talones. Nunca fui competitivo, pero la visión de esa bestia delante de mí despierta un instinto de caza primitivo. No puede ganarme.
Cruzo la meta medio metro antes y festejo como si hubiera batido un record mundial. En un gesto de caballerosidad deportiva, me giro para estrecharle la mano.
La cabeza del animal ha caído de lado. Dentro del disfraz, una mujer ríe a carcajadas y, al mirar sus ojos, sé que he perdido.