Nunca he sido un gran atleta, pero cada 31 de diciembre me calzo las zapatillas como quien se aferra a una costumbre que da sentido. La San Silvestre de Salamanca huele a frío, a vino caliente y a promesas que uno ya no se atreve a hacer.
Suelo correr despacio escuchando el ruido de los pies sobre el empedrado. Veo familias animando, niños riendo, veteranos que podrían ser yo dentro de unos años. En el puente miro el río oscuro y sereno. Igual que siempre.
No voy por marcas ni por fotos para Instagram. Corro para despedir el año, para reconciliarme con todo lo que no salió como yo quería.
Al cruzar la meta, no siento euforia pero sí una calma rara y limpia. Pienso que quizá de eso va todo esto: de seguir corriendo, aunque cada vez cueste más, aunque duela. Sonrío.