Me atrajeron los carteles y aterricé. Simulé estar disfrazado para recorrer las calles observando lo que ocurría.
El público aplaudía y alentaba, no solo a los conocidos, a todos los participantes; los mayores intentaban inculcar tanto el amor al deporte como el valor de ese encuentro solidario; vi corredores ayudando a sus rivales, y a un joven que detenía su marcha porque sentía que correr junto a su padre era mejor que obtener una medalla.
Me detectaron cuando alguien me fotografió, notó que mi imagen salía borrosa y se asustó; entonces una señora preguntó qué sucedía, interesada en la situación para incluirla en un relato, e intentó entrevistarme. Debí teletransportarme a la nave.
«Quienes acuden a La Salmantina no son personas útiles para nuestra investigación sobre la maldad humana», deduje. «En ese sitio se aglutina todo lo que está bien, iré a abducir humanos en otro lugar».