27 DE DICIEMBRE DE 2026

Corría descalzo, casi desnudo, únicamente unos andrajos de ropa cubrían mi cintura. Barba larga, sangre coagulada en mi rostro, en mis piernas endebles, en mis manos huesudas. Corría y corría escondiéndome en la niebla salmantina donde ninguna persona conoce a la otra.
Me percibía escapando del Rollo de la Alamedilla, despojándome de las ataduras que mordían mis muñecas. Corría por el antiguo convento de las Bernardas hacía la plaza de la Verdura, una silueta triste, un pobre desdichado, un reo de la justicia, corriendo, huyendo sin parar.
Despierto de la pesadilla, ya no corro para huir, pero nunca olvido aquella primera carrera de San Silvestre cuando mis padres me explicaron el cometido del rollo y la picota.