CorrÃa descalzo, casi desnudo, únicamente unos andrajos de ropa cubrÃan mi cintura. Barba larga, sangre coagulada en mi rostro, en mis piernas endebles, en mis manos huesudas. CorrÃa y corrÃa escondiéndome en la niebla salmantina donde ninguna persona conoce a la otra.
Me percibÃa escapando del Rollo de la Alamedilla, despojándome de las ataduras que mordÃan mis muñecas. CorrÃa por el antiguo convento de las Bernardas hacÃa la plaza de la Verdura, una silueta triste, un pobre desdichado, un reo de la justicia, corriendo, huyendo sin parar.
Despierto de la pesadilla, ya no corro para huir, pero nunca olvido aquella primera carrera de San Silvestre cuando mis padres me explicaron el cometido del rollo y la picota.