Madre Tierra sobrevive a estaciones solitarias en las que nadie atiende sus lamentos. Pero existe un rincón en su cuerpo roca donde, al llegar el otoño, percibe la pulsión del corazón del hombre como en ningún otro lugar.
Las plantas de mil pies hacen vibrar el suelo en feroz carrera, cuando los músculos se tensan, y la excitación que precede a la lucha empapa la superficie de quien los alienta desde el principio de los tiempos.
Ya no hay presa frente a ellos al iniciar el galope; las bestias dejaron de ser cazadas hace milenios, pero las emociones más puras se traducen en pasos seguros hacia una meta que no alimenta los estómagos, pero sà sus espÃritus. Solo entonces, planeta y hombre conectan como uno solo. La Tierra cesa su pálpito furioso y da una nueva oportunidad a la naturaleza que ella misma engendró. Después de todo, nada ha cambiado.
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