Tras casi un kilómetro, Ignacio se sentÃa desfallecer. El cáncer, voraz, lo habÃa apartado de todo y de todos, a punto de morir. Y por eso estaba allÃ, para disfrutar otra vez de la vida y de una nueva oportunidad. Entre seres anónimos y rostros fugaces, entre el gentÃo y la algarabÃa; entre las sonrisas y aplausos, y porque se lo habÃa prometido a Remedios, su mujer.
–Sé que puedes… –, sonó una voz, contundente y cercana. Pero cuando Ignacio se hizo a un lado, descubrió que estaba solo, con estupor. Sólo un corredor a una decena de metros seguÃa sus pasos, ensimismado.
–Ya casi estás –. Esta vez con autoridad. De nuevo, no habÃa nadie.
Exhausto, Ignacio cruzó la meta, comprendiendo que tanto en la carrera como en la vida nunca habÃa estado solo, acompañándole siempre sus ganas y su poder de convicción.