Por fin aquel año se subirÃa al podio. Su esfuerzo serÃa recompensado. Llevaba meses entrenando, preparándose para la San Silvestre de su ciudad. Se hallaba a escasos metros de la lÃnea de meta cuando la pierna le falló. Cayó de bruces al suelo, incapaz de continuar.
Comenzó a mentalizarse de que habÃa perdido la carrera otro año más. Pero entonces, la grata sorpresa lo alcanzó. El segundo corredor, que podrÃa haber aprovechado su tropiezo para hacerse con la victoria, se paró y le ayudó a levantarse. Juntos, cada uno con el brazo por encima del del otro, cruzaron la meta.
Tras esta muestra de cooperación y espÃritu deportivo, los dos finalistas se marcharon, cada uno con su medalla (la de uno de oro y la del otro de plata), y compartieron las doce uvas para celebrar juntos la llegada del nuevo año.