27 DE DICIEMBRE DE 2026

El espíritu deportivo de la ciudad había levantado una avalancha humana sin precedentes, en una marcha incesante de sudor, sonrisas y fuerza de voluntad. Hasta un mero observador podía poner la mano sobre el pecho y encontrarse con el pulso imitando el ritmo de los corredores, cuyo contagioso vigor llamaba a cada fibra del cuerpo a lanzarse, sin miedo, hacia la meta…

Ana, que había perdido de vista a su abuelo entre la multitud, finalmente pudo identificarlo: con su andador y paso firme, se abría camino entre los competidores.
Su abuelo, ya senil y que apenas recordaba su pasado como atleta, portaba en su mirada —donde habitualmente se entremezclaban dulzura y ausencia— la determinación de un verdadero campeón.