27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mis alumnos me animaron a participar en la San Silvestre hace dos años, después de leer en clase un cuento de Cortázar. Lo leí muy rápido. Nadie lo entendió. Corra, profe; corra la San Silvestre, ¡qué velocidad! Es duro que los alumnos se rían de una. Desde aquel día no dejaron de bromear sobre las posibilidades de que alguien que leía muy rápido corriera también muy rápido. En realidad habían entendido muy bien a Cortázar. Pero me tocaron tanto las narices que dejé de acudir al club de lectura de la Torrente Ballester y me apunté a un gimnasio. Bod-pum sonaba muy bonito, pero era levantamiento de pesas. Las levanté, como he levantado tantos tomos de obras completas. El día de la carrera varios de mis alumnos, quizá sintiéndose culpables, me gritaban desde los costados: Lea, profe, lea. Pero yo solo quería correr. Y corrí.