Mis alumnos me animaron a participar en la San Silvestre hace dos años, después de leer en clase un cuento de Cortázar. Lo leà muy rápido. Nadie lo entendió. Corra, profe; corra la San Silvestre, ¡qué velocidad! Es duro que los alumnos se rÃan de una. Desde aquel dÃa no dejaron de bromear sobre las posibilidades de que alguien que leÃa muy rápido corriera también muy rápido. En realidad habÃan entendido muy bien a Cortázar. Pero me tocaron tanto las narices que dejé de acudir al club de lectura de la Torrente Ballester y me apunté a un gimnasio. Bod-pum sonaba muy bonito, pero era levantamiento de pesas. Las levanté, como he levantado tantos tomos de obras completas. El dÃa de la carrera varios de mis alumnos, quizá sintiéndose culpables, me gritaban desde los costados: Lea, profe, lea. Pero yo solo querÃa correr. Y corrÃ.