Una bocanada de aire frío invadía mis pulmones mientras mis artificiales piernas recorrían las calles ansiando llegar a la meta. El quebradizo asfalto se adhería a mis zapatillas y yo, con la mente en otro planeta, no conseguía imaginar mejor sensación que aquélla. Aquel reto suponía para mí algo más que una simple carrera. Al borde del abismo había apreciado el fresco aroma de la vida y de sus pequeños placeres. Tras el accidente las secuelas fueron inevitables, pero ahora que sentía el gélido viento en mi cara, me enorgullecía de que, a pesar de los tropiezos del día a día, había conseguido levantarme y superar sutilmente cada obstáculo que se había presentado en mi camino. Yo, veloz, implacable, portando mi dorsal con la mayor satisfacción, me sentía ganador de aquella carrera, la de la vida contra la muerte.