En cuanto salgo del banco, me deshago del pasamontañas y la pistola de juguete, me pego el dorsal al pecho y, con el botÃn en la mochila, me disuelvo entre la marabunta de corredores que, en ese momento, toman la salida delante justo de la sucursal. El plan es perfecto, correr camuflado entre la multitud y abandonar la carrera una vez cruzado el puente, justo donde he aparcado el coche. Qué emoción. Poco a poco voy adelantando a algunos atletas y, antes de llegar al puente, ya tengo muy cerca al grupo de cabeza. La adrenalina corre por mi cuerpo a mayor velocidad que en el atraco y pienso que es una lástima abandonar justo ahora. Asà que sigo corriendo hasta alcanzar a todos y cruzar la meta, entre aplausos. Cuando bajo del pódium, la policÃa me está esperando; la medalla no dejo que me la quiten.