CORRE, LAIDA, CORRE
Laida respiró hondo bajo la torre de la catedral. Venía de Deba, pero en aquel instante Salamanca era su casa. La San Silvestre rugía como un río de luces, risas y pasos. El frío mordía su cara, pero el corazón le quemaba con cada latido intenso.
El primer paso fue un desafío; el segundo, una liberación. A su lado, un anciano con bastón y un niño con orejas de reno compartían la misma cadencia. Cada respiración, un triunfo; cada zancada, un grito de vida. Laida sentía la fuerza invisible de la multitud, la alegría que corría por las calles empedradas como electricidad pura.
La meta se acercaba, pero ya no importaba cruzarla. Corría por el instante perfecto: por la ciudad que la acogía, por la energía compartida, por la certeza de que, aunque solos, juntos podían desafiar cualquier límite y miedo.
Cuando cruzó la meta, supo que volvería cada año.