Este año sería diferente. No podría acompañarle. El gota a gota caía lentamente, sin descanso, introduciéndose en su cuerpo casi inerte.
Dormía sereno. De pronto, su mano temblorosa se aferró a mí y me miró.
-Tú tienes que hacerlo. Corre por mí.
Sentí frío. Los músculos agarrotados desobedecían la orden de mi cerebro, pero el corazón fue más fuerte. Sentí sus piernas en mis piernas. Sentí su aliento en mi aliento. Sentí el espíritu de la carrera dentro de mí. Corredores de toda clase y condición empujaban con su ánimo y esfuerzo mi carrera, su carrera.
¡Lo habíamos conseguido!
Aquella noche abrazada a él, coloqué el dorsal sobre la impoluta sábana. Su rostro fatigado esbozo una leva sonrisa.