Me convencieron para apuntarme en la carrera de San Silvestre, cuando no habÃa debutado en maratón ni carrera parecida desde los tiempos del COU. ImagÃnense qué viejo debo ser si estudié bajo aquella ley del pasado siglo. El dÃa de la carrera me coloqué un calzado penoso, vagamente sport, pantalón de chándal de cuanto menos un cuarto de siglo y camiseta publicitaria. Ir acompañado de un amigo me animaba a seguir, porque a los pocos cientos de metros yo ya habÃa perdido el resuello, y sólo un absurdo orgullo varonil me hacia seguir moviendo las piernas a la par que mi compañero de corrido, cuando mi alma ya la llevaba a rastras. Muchos nos daban alcance y sobrepaso de continuo. Mas el último que nos sobrepasó vestÃa hábito, corrÃa con sandalias, y su otro compañero con gafas, anciano y unamuniano también nos sobrepasó espetando a su pareja: “¡Animo, Fray Luis!â€.