Mi abuelo Ramón utilizaba la sinecura de su edad para abrirse paso entre el gentío y colocarse en primera fila. Desde allí observaba mejor a los corredores.
Yo, que seguía su paso a trompicones, le acompañaba a su cita anual con la San Silvestre Salmantina y me maravillaba de su sabia conversa:
–Observa a toda esta gente. Corren por placer, por puro deleite. Pero de alguna manera rinden tributo a nuestros antepasados. Y es que el ser humano un día dejó de correr, de vagar de un lado a otro, de vivir como asustado. Ese día levantó la cabeza y las bestias circundantes recularon.
Han pasado los años y ahora vuelvo sin el abuelo. Durante su enfermedad le prometí que un día correría la Sansil en su honor. Vengo desentrenado, pero correré con la cabeza alta y llegaré a la meta. ¡Aunque sea a trompicones!