Estoy tranquilo. Mi primera diez mil Salmantina. Quiero correr, correr y correr. Solo quiero llegar a la meta.
¡Pum!
Las pulsaciones se me disparan. Me tropiezo, pero me recompongo.
¡Coge tu ritmo!
Mi cuerpo responde. Estoy solo con mi cuerpo y mi cerebro. En las Carmelitas noto una molestia en el tobillo izquierdo. Entro en la Avenida de Portugal y la molestia ya es dolor. Intento no pensar, pero mi cabeza no hace otra cosa que concentrarse en el sufrimiento. En Comuneros quiero parar, pero pienso que correr es resistir. La vida es resistencia. Me quedan mil metros. Corro a trote cochinero y el dolor disminuye. Me siento mejor. Me pasan muchos corredores. No importa. Sé que terminaré. Vuelvo a correr. Nada más importa. Llego a meta y a lo lejos veo a mi hija que me sonrÃe satisfecha. Su viejo terminó la Salmantina a los setenta años.