A las tres semanas de entrenamiento, solo había perdido el entusiasmo.
Pero no podía faltar: todo Salamanca lo corría.
En la salida, se ató los cordones, se desató el alma y salió disparado.
A los cinco minutos, ya estaba negociando su epitafio: “Murió haciendo deporte… por primera vez”.
Cruzó la meta diez segundos antes del coche escoba.
La báscula no bajó, pero la autoestima subió dos tallas.