Me encuentro en la salida rodeado de miles de personas compartiendo con ellos el ambiente cargado de adrenalina. Con ojos curiosos los observo. No puedo dejar de sonreír, estoy donde pertenezco y donde nunca debí dejar de estar. Con el pistoletazo de salida mi cuerpo vibra y toda la energía contenida se libera haciendo que se active y salga disparado. Es un momento intenso que contrasta con la exhausta y emotiva satisfacción que sé que sentiré cuando llegue a meta. Una vez que encuentro mi hueco las primeras zancadas me devuelven a mis veinte años, fuerte, capaz de comerme el mundo. Por aquel entonces la vida me hizo colgar las zapatillas, veintidós años después un cáncer me hizo desempolvarlas. Volví a correr porque sabía que era mi mejor arma y que, kilómetro a kilómetro me volvería invencible. El dicho miente, correr no es de cobardes.