Llevo más de media hora sin visión periférica. Tan solo alcanzo a ver el dorsal del corredor que tengo delante. La mirada es fija, como fija es la determinación de seguir pese a los calambres. El sudor resbala desde mi frente, y en forma de gotas cada vez más abundantes baja por los carrillos y en una endiablada curva se me cuela en la boca, salado, estéril, insuficiente cómo mi esfuerzo. Pero tengo que terminar la carrera. No me importa cuánto llevo recorrido, tan solo quiero seguir rebasando a otros corredores y sentirme vivo, lo suficiente cómo para llegar al final. Quiero terminar, no ganar. Terminar ya es una victoria. El abuelo Manuel, cuando me veÃa entrenar por Santa Marta solÃa decirme con cierta guasa: “correr es de cobardes y de malos torerosâ€, pero el abuelo Manuel no sabÃa que no hay por faena que no tener valor para correr.