La salida, la facilidad de las primeras zancadas. Tu respiración se acelera, tus piernas protestan, el sudor aparece.
Una mirada hacia adelante. ¿Cuánto llevas? ¿Cuánto queda? ¡Mente en blanco, no existe el mundo! Los demás corredores no importan, te enfrentas al peor de los rivales: tú.
Inspira, espira. La gente animando se siente demasiado lejos… Rechazas los chillidos de tus músculos, ya disfrutaran del descanso después. ¡Agua! Podrías tumbarte en ese pedazo interminable de asfalto que se extiende ante ti, separándote de tu objetivo. ¿Todo ese sufrido esfuerzo merece la pena? Abandonar no es una opción.
Te aferras al rápido golpeteo de tu corazón en el pecho, el sonido de las deportivas abofeteando el suelo, el aire entrando y saliendo de tus pulmones.
Y cuando sientes que ya no puedes más, esas cuatro letras aparecen ante ti. ¿Qué más da el puesto? Has llegado, has ganado. Eso lo compensa todo.