Corriendo como un cobarde
Postrado en la cama con la pierna escayolada, escucho a Martina al otro lado del teléfono. Participa en la carrera San Silvestre. Pobre. No sabe que anteayer me atropellaron intentando espiarla. La vi entrar en el coche de Rogelio, en el centro de Salamanca. Le mostraba las zapatillas que iban a regalarme para mi cumple. Desgraciado de mí que pensaba que estaba poniéndome los cuernos…
—Raúl… me estoy quedando atrás…
Escucho su respiración y me atormento. Hace días me reprochó que nunca le digo nada bonito. Me invade un sentimiento de culpa. Siempre he sido aprensivo y competitivo con ella. Por eso, corro todos los días por la noche, para huir de mis complejos, de mis miedos. Teníamos un plan para esta competición… y para nuestra vida. Lloro. Esta vez, tengo que arrojarme…
—Amor, te quiero…
Martina aceleró como un gamo. Ganó.