Hace frÃo, el viento silba en los soportales de la Plaza. Aún recuerdo la primera San Silvestre que vi, cuando aún estudiaba en Salamanca, mis años más felices. Entonces no corrÃa, tenÃa suficiente con ser joven. Ahora, pasado los años, sin pretenderlo, me he reencontrado con la carrera en las luces tenues de la Plaza. Tampoco corro, ahora soy mayor y no me va mucho el atletismo. Pero eso no importa, disfruto igual viendo a la gente prepararse, calentar los músculos, mirar al infinito mientras se conciencian de la carrera. Soplo mis dedos ateridos y me descubro tan nervioso como si yo fuera un atleta mas. Quizá ese sea el espÃritu de la San Silvestre, que emocione a quienes participan y a quienes miramos.