Era mi primera vez. TenÃa dudas de si serÃa capaz de llegar a meta.
Pero como pensé que correr no era de cobardes, me atrevà a aceptar el reto.
Y ya en la salida me impresionó el ambiente. AlegrÃa y ánimos por doquier.
Salà como alma que lleva el diablo. Craso error de novato.
Cuando atravesaba el arco de la Plaza Mayor, resoplando, me animó entrar ahÃ, aún sin resuello.
Correr también era vivir de forma diferente espacios cotidianos.
Llegó el Puente Romano. Y pensé que el Tormes nunca paró.
Asà harÃa yo.
Y trabé conversación con otra corredora, en similares condiciones de dificultad.
Y la meta se acercaba. Mi compañera me esperaba.
Descubrà la solidaridad en carrera.
Y crucé la meta con los brazos levantados. No me habÃa rendido.
Me sentà como un ganador.
Solo pude pensar en una cosa en ese momento: en la próxima meta. Una ilusión.