PUM. Con el pistoletazo de salida la tiara cayó al suelo. El sonido de los pliegues del real vestido despertaban expresiones de incredulidad a su paso, al tiempo que la velocidad sacudÃa sus cabellos dorados cual rayos de sol, enmarañándolos sin piedad, casi con gracia. Sus labios rojos cual carmÃn reflejaban el esfuerzo de estar viva, de huir de la sombra de aquel sueño maldito que la amenazaba. El tiempo de algodones habÃa pasado. Sumaba los km por ella.
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La antigua princesa corrÃa porque asà debÃa ser, porque ella contaba en el mundo, y nada iba a detenerla. Nada. El reguero a sanguinolento de cristales rotos que sus pies, ahora descalzos, dejaba atrás, era la mayor prueba de ello.