Treinta y uno de diciembre: qué día tan dominguero, aunque solo lo sea en algunas ocasiones. Ojalá fuera de buen sabor decir dominguero, pero sabe a una perra nostalgia. Tanto que ese día que lo invitaron a la carrera atlética, prefería retroceder el tiempo y que nunca, nunca, llegara ese momento. Correr para despedir el año; aquello le sonaba como a quitarse una bota después de trabajar: qué hedor, qué somnolencia, qué fetidez. Miró por la ventana y allí estaban, listos con su ropa deportiva, listos con su anhelo de partir el año. Con cara de alegres hombres, o de inútiles quizá. Irremediablemente tenía que salir. ¿Hacia dónde? Supuestamente rumbo a la carrera, pero en el fondo él sabía que era en dirección a otro lugar. Tanto le crujió el cuerpo que, cuando partió el año, sintió ese peso que da la vida cuando empieza a acabarse.