Prometió no volver a correr después de perderla.
Durante años creyó que el dolor podía evitarse del mismo modo en que se evita un camino.
Pero hay sendas que nos buscan.
Esa mediodía de diciembre, la ciudad era un laberinto de pasos, y él, una sombra más entre las sombras.
Subió la Cuesta de Comuneros sin mirar atrás, aunque atrás y adelante fueran ya lo mismo.
El aire helado traía rumores antiguos; acaso la risa de su hija, o la suya en otro tiempo.
Pensó que correr no era avanzar, sino volver.
Al llegar a la cima comprendió que todo regreso es imposible y, sin embargo, necesario.
Descendió sin prisa, riendo y llorando, reconciliado con la memoria.
Cuando cruzó la meta levantó los brazos, no por victoria, sino por la humilde certeza que hay amores que siguen corriendo en nosotros, aun después de la meta.