Pulsó el botón rojo de su Polar RCX3, regalo de la anterior navidad, que comenzó a contar los segundo desde el Paseo de San Antonio, haciéndole recordar la segunda media maratón que había corrido en Salamanca ese año. Fue la última carrera de larga distancia y la San Silvestre, los médicos mandaban, la que acabaría con muchos años de correr por un sinfín de ciudades. Quería bajar de cinco minutos el kilómetro y se esforzó por mantener el ritmo que comprobó al llegar a la Plaza Mayor, donde estaba su familia para verlo pasar, y allí se agolparon recuerdos, viajes, tiempos y amigos de carreras, y continuó por calles y lugares emblemáticos de Salamanca. En el Paseo de Canalejas comprobó que llevaba un tiempo excesivo, que los años van dejando una huella imborrable, y no le importó que las lágrimas escaparan de sus ojos cuando cruzó la meta.